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Almacenamiento alimentos frigorífico

En todos nuestros hogares tendemos por comodidad a almacenar alimentos. Pero no siempre los guardamos del modo más apropiado. Hacerlo correctamente impide que los microorganismos se multipliquen y alarga su vida útil, evitando que pierdan propiedades nutritivas y se deteriore su aspecto. En el caso de los alimentos perecederos, esto es sencillamente imprescindible. Por ello se han de conservar o congelados o refrigerados a una temperatura entre 0 y 7 grados.

 

Siempre es muy recomendable leer el etiquetado de todos los productos, para ver si el fabricante da alguna instrucción particular sobre medidas de conservación, aunque hay casos en que este no existe, como en la carne que se compra en comercios minoristas. Aquí su periodo máximo de conservación depende de la forma del corte de la pieza. En las que están enteras, la superficie en contacto con el aire es menor que en filetes o en la carne picada, y su duración es mayor. Se conserva en la parte más fría del refrigerador, entre 3 y 5 días. Es mejor en recipientes provistos de una rejilla para aislarla del jugo que se desprende, o cubierta con un plástico adhesivo o papel de aluminio sin apretar.

 

Otro principio básico es evitar la contaminación cruzada, es decir, que alimentos que de forma natural tienen una cierta carga microbiana, como por ejemplo la carne de ave o el pescado, puedan contaminar a otros. Para evitar la posibilidad del contacto directo o de un posible goteo, hay que separar en lo posible alimentos crudos de comidas ya elaboradas y de productos que se consumirán sin un tratamiento posterior, así como almacenarlos o envueltos, o protegidos por recipientes cerrados.

 

El marisco y el pescado fresco son de los alimentos más perecederos que existen. El marisco conviene consumirlo el mismo día que se compra, y el pescado en dos días. Este se ha de guardar en el frigorífico una vez esté ya perfectamente limpio, aislándolo bien del resto de alimentos para evitar que les trasmita su olor.

 

También hay que prestar especial atención a productos como el jamón cocido, ahumados, anchoas en aceite, o algunos patés. Sobre todo cuando van enlatados, pueden hacernos pensar que se trata de conservas, y que por tanto no necesitan refrigeración. Sin embargo, pueden ser productos que no están esterilizados, y que por ello hayan de mantenerse en frío. Ocurre lo mismo con diversos productos envasados al vacío, como las salazones.

 

En todo esto se trata de combinar sentido común con unas pequeñas nociones sobre las características de los alimentos. Llevar a la práctica algo tan sencillo siempre conlleva mejorar nuestra seguridad.

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