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Perro agresivo

Es mucho el tiempo que el perro lleva junto al hombre como obligado compañero, en el que se le ha exigido todo tipo de conductas, en muchos casos antagonistas: Perro malo ante desconocidos, perro bueno con familia y allegados. Perro bueno con animales de producción, perro malo con animales que han de ser cazados. Tanto tiempo juntos, y tantos trabajos distintos.

Ahora bien, ¿nos hemos preocupado por conocer su verdadera forma de ser?

 

La agresividad es un comportamiento natural del perro y debe ser tenida en cuenta para su mejor manejo. En los últimos tiempos hemos podido leer y escuchar que existían razas agresivas, potencialmente peligrosas por sí mismas. La realidad es que el comportamiento que manifiesta un perro, se debe a una interacción de múltiples factores: genética, adiestramiento, factores ambientales, estado hormonal. Es por tanto absurdo afirmar que una u otra raza tenga unas tendencias agresivas concretas, específicas e imposibles de redireccionar. En el peor de los casos podemos decir que ciertas líneas dentro de algunas razas muestran problemas específicos.

 

Toda conducta está motivada por un estímulo: el miedo y la defensa del territorio son unas de las causas más frecuentes de agresividad. Pero quizá las debidas a las relaciones de dominancia, sean las principales. Nuestro perro intentará, durante los primeros años de su vida, alcanzar la mejor posición dentro de la familia, su nueva manada. Para ello y con mucha paciencia, presentará conductas que en muchos casos no son valoradas, e incluso son aplaudidas por sus amos: gruñidos al acercarnos a su comida o juguetes, gruñidos o mordiscos al intentar sacarlos del sillón. El animal intenta conquistar determinadas prerrogativas, y para ello emplea las armas que la naturaleza le ha dado.

 

Gran parte del problema se solucionaría con dos palabras: socialización y educación. Es fundamental que el perro se comporte como un ser social. Para ello, y desde que abandona a su familia biológica, debe entrar en contacto con todas las posibles situaciones, de su nuevo entorno: a mayor conocimiento del medio, menos posibilidades de comportamientos indeseados.

 

También sería interesante olvidar la habitual educación intuitiva. Y es que cualquier persona sin experiencia, se cree con suficientes conocimientos para educar a su nueva mascota.

 

Finalmente, existe un tipo de agresividad que el perro ha aprendido gracias al hombre: la de los perros de pelea, que son criados e instruidos por sus dueños para tal fin. ¿Son estos perros responsables de sus conductas? Nuestro animal es feliz cuando le recompensamos tras realizar alguna acción que le indicamos: lo es si le premiamos al traer una pelota, pero también si lo hacemos al desarrollar una conducta agresiva que se le exija. No generalicemos las acciones de estos casos concretos como base de la agresividad de una raza, y planteemos la opción, cada vez más necesaria, de exigir responsabilidades a los propietarios.

El perro agresivo

Es mucho el tiempo que el perro lleva junto al hombre como obligado compañero, en el que se le ha exigido todo tipo de conductas, en muchos casos antagonistas: Perro malo ante desconocidos, perro bueno con familia y allegados. Perro bueno con animales de producción, perro malo con animales que han de ser cazados. Tanto tiempo juntos, y tantos trabajos distintos. Ahora bien, ¿nos hemos preocupado por conocer su verdadera forma de ser?

La agresividad es un comportamiento natural del perro y debe ser tenida en cuenta para su mejor manejo. En los últimos tiempos hemos podido leer y escuchar que existían razas agresivas, potencialmente peligrosas por sí mismas. La realidad es que el comportamiento que manifiesta un perro, se debe a una interacción de múltiples factores: genética, adiestramiento, factores ambientales, estado hormonal. Es por tanto absurdo afirmar que una u otra raza tenga unas tendencias agresivas concretas, específicas e imposibles de redireccionar. En el peor de los casos podemos decir que ciertas líneas dentro de algunas razas muestran problemas específicos.

Toda conducta está motivada por un estímulo: el miedo y la defensa del territorio son unas de las causas más frecuentes de agresividad. Pero quizá las debidas a las relaciones de dominancia, sean las principales. Nuestro perro intentará, durante los primeros años de su vida, alcanzar la mejor posición dentro de la familia, su nueva manada. Para ello y con mucha paciencia, presentará conductas que en muchos casos no son valoradas, e incluso son aplaudidas por sus amos: gruñidos al acercarnos a su comida o juguetes, gruñidos o mordiscos al intentar sacarlos del sillón. El animal intenta conquistar determinadas prerrogativas, y para ello emplea las armas que la naturaleza le ha dado.

Gran parte del problema se solucionaría con dos palabras: socialización y educación. Es fundamental que el perro se comporte como un ser social. Para ello, y desde que abandona a su familia biológica, debe entrar en contacto con todas las posibles situaciones, de su nuevo entorno: a mayor conocimiento del medio, menos posibilidades de comportamientos indeseados. También sería interesante olvidar la habitual educación intuitiva. Y es que cualquier persona sin experiencia, se cree con suficientes conocimientos para educar a su nueva mascota.

Finalmente, existe un tipo de agresividad que el perro ha aprendido gracias al hombre: la de los perros de pelea, que son criados e instruidos por sus dueños para tal fin. ¿Son estos perros responsables de sus conductas? Nuestro animal es feliz cuando le recompensamos tras realizar alguna acción que le indicamos: lo es si le premiamos al traer una pelota, pero también si lo hacemos al desarrollar una conducta agresiva que se le exija. No generalicemos las acciones de estos casos concretos como base de la agresividad de una raza, y planteemos la opción, cada vez más necesaria, de exigir responsabilidades a los propietarios.

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